MÉXICO: PAÍS DE CONTRASTES

Por Santiago Macias H*

México es un país de contrastes: las exportaciones han crecido a una tasa superior al 10% anual los últimos 30 años y tenemos 50% de la población en pobreza. Somos un ejemplo en el manejo de la macroeconomía (estabilidad, inflación, atracción de inversiones, etc.) y tenemos un gravísimo problema de inseguridad e impunidad.

El contraste se vive en prácticamente cualquier tema que busquemos y, como resultado, la percepción que los mexicanos tenemos del propio país es generalmente mucho peor que la realidad.

Cuando preguntas en cualquier reunión ¿Cómo ven el país? La respuesta es muy parecida: Muy mal, nada funciona, todo está corrupto, mucha inseguridad y poco crecimiento. Sin embargo, al preguntarles cómo van sus negocios, su trabajo, la respuesta es más o menos: Vamos bien, aunque podríamos ir mejor, estamos creciendo pero todo está muy difícil.

El contraste vuelve a presentarse y se refleja en muchas de las cosas que hacemos. Nos vemos y hablamos del país, de los mexicanos, con una visión pesimista.

Ahora señor empresario, ¿ha reflexionado alguna vez sobre las implicaciones de ésto? ¿Hablar mal de nosotros mismos tiene consecuencias? Déjeme decirle que tiene muchas más implicaciones de las que parecen.

Comencemos con la confianza. Ella está en la base misma de las relaciones de negocio. Mis empleados trabajan porque confían en que el día de pago cobrará su salario; los clientes compran porque confían en que se cumplirán los compromisos adquiridos; los proveedores confían en cobrar sus facturas, etc. La confianza es la que da viabilidad a una empresa.

Cuando hablamos mal del país lo primero que afectamos es la confianza. Si México es un país de corruptos y ladrones entonces debo asegurarme, por todos los medios posibles, que no me vayan a hacer trampas, por ejemplo, a través de fianzas o pagares, lo que al final encarece los negocios.

De igual manera, si queremos comprar en el extranjero, los vendedores buscan asegurar su negocio a través pagos adelantados u otro medio, o bien aumentando los precios para cobrar el mayor riesgo de hacer negocios con empresarios mexicanos. Lo que se refleja a nivel macroeconómico como un incremento del riesgo país, lo que implica que los inversionistas esperan mayores tasas de retorno de su inversión para compensarlo.

De igual manera, el hablar mal del país tiene implicaciones en la familia (si todos son corruptos, es difícil pensar que mi familia no lo es), con mis amigos, etc. Hablar mal de nuestro entorno es hablar mal de nosotros mismos.

¿Qué pasaría si los mexicanos comenzáramos a hablar bien de nosotros? No se trata de tapar lo malo o no criticarlo, sino más bien de equilibrar la balanza destacando las cosas buenas y criticando las malas o, mejor aún, proponiendo como mejorarlas y en la medida de mis posibilidades colaborando para corregirlas.

Los ejemplos de otros países que actúan así abundan. En América Latina, Chile es un ejemplo; es un país con muchísimos problemas pero si vemos las declaraciones de sus empresarios, políticos, artistas y personas notables regularmente comienzan destacando las cosas buenas del país y, solo después, critican o proponen soluciones. El resultado es que la imagen del país en el mundo (y dentro del propio Chile) es claramente mejor que lo que indican sus números.

Hagamos todos un esfuerzo por hablar bien de nosotros, de nuestro entorno y país. Mejoremos la confianza en nosotros mismos y veremos cómo, juntos y con esperanza, encontraremos soluciones a los graves problemas que hoy tenemos.

* Por Santiago Macias H

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